La inflación de enero marcó 2,9% y subió apenas una décima respecto de diciembre. Suena a alivio, pero en el taller, la planta y la PyME, el termómetro no se mide solo en precios: se mide en turnos que se recortan, créditos que no aparecen y empleo formal que se evapora.
La inflación es como arena en los engranajes: aunque baje, si sigue dentro de la máquina, la máquina no trabaja como debería. Y si además falta aceite —crédito, demanda, previsibilidad, un esquema fiscal menos asfixiante—, el motor industrial no arranca. Ese 2,9% mensual, que en el papel parece "moderado", sigue siendo un ritmo que, sostenido, rondaría el 41% anual. No es una catástrofe instantánea, pero sí una presión permanente: de esas que no hacen un ruido fuerte en un día… y sin embargo terminan quebrando piezas.
Cuando los precios no se disparan, pero todo se encarece igual
La inflación no pega solo en el changuito del supermercado. En la industria pega en cadena: materia prima, repuestos, energía, logística, servicios, alquileres. Y, sobre todo, pega en un punto clave que no suele entrar en el debate de sobremesa: la reposición.
En la práctica, una fábrica no decide precios por capricho; decide precios mirando cuánto le va a costar volver a comprar lo que usa para producir. Cuando la inflación es alta —aunque sea "menos alta" que antes— la reposición se vuelve una ruleta: el proveedor te cotiza con validez de horas, el flete varía, el insumo importado depende de reglas que cambian, y el cliente te pide plazos como si estuviéramos en un país estable. Resultado típico: Se acortan presupuestos, se achican stocks, se frena inversión y se trabaja "con lo justo".
Ese clima no se arregla con una buena noticia mensual. Se arregla con meses de estabilidad que permitan planificar.
La industria en números: menos producción, menos empleo formal
Cuando la industria cae, no cae en una planilla de Excel: cae en el barrio, en el comercio, en el transporte, en la recaudación municipal. Según la UIA, la actividad industrial tuvo una caída interanual del 3,9%. No es un detalle: es producción que no sale, proveedores que venden menos, talleres que trabajan a media máquina.
Pero lo más sensible es el empleo. También según la UIA, en octubre el empleo industrial registrado perdió 6.718 puestos respecto de septiembre, acelerando la caída. Y desde el último pico de agosto de 2023, el sector acumula una baja de más de 60.000 empleos.
Es importante decirlo sin vueltas: cuando se pierde empleo industrial formal, no se pierde solo un salario. Se pierde saber hacer, continuidad, capacitación, oficio. Eso es el "tejido productivo" del que hablamos los industriales: no es una metáfora linda, es una descripción exacta.
Los números que explican el golpe
- Inflación de enero: 2,9% (aceleró 0,1 vs. diciembre).
- Actividad industrial: -3,9% interanual (UIA).
- Empleo industrial registrado en octubre: -6.718 puestos vs. septiembre (UIA).
- Desde agosto 2023: más de 60.000 empleos industriales menos (UIA).
Tasas, crédito y capital de trabajo: el cuello de botella silencioso
En épocas normales, la industria se financia para producir: compra insumos hoy y cobra ventas semanas o meses después.
La cuestión es simple: si el crédito es caro o directamente no existe, la PyME se achica por defensa propia. Reduce compras, reduce stock, reduce turnos. Y cuando el mercado interno está flaco —porque el ingreso real de la gente se ajusta—, la decisión empresaria se vuelve conservadora: prioriza sobrevivir, no crecer.
Bajar tasas ayuda, sí. Pero no alcanza si el crédito productivo no llega con condiciones razonables, plazos realistas y sin trámites eternos. La industria no necesita un "regalo"; necesita costo financiero compatible con producir, sobre todo para capital de trabajo.
Presión fiscal: el castigo al que está en regla
El otro pedido —también lógico— es aliviar la presión fiscal sobre el sector formal. Y acá hay una discusión que el país patea hace años: en Argentina, muchas veces el que cumple es el que paga la fiesta.
¿Se pueden bajar impuestos sin desfinanciar al Estado? Depende de cómo y dónde. Pero hay margen para medidas inteligentes, especialmente si el objetivo es evitar una sangría de PyMEs:
1. Alivio focalizado al empleo formal: reducción temporaria de contribuciones patronales para nuevas incorporaciones o para sostener planteles en sectores sensibles. Con control, con plazo y con objetivo claro: sostener trabajo registrado.
2. Descompresión tributaria y administrativa para PyMEs: simplificación real de regímenes, menos anticipos distorsivos, devoluciones más rápidas (por ejemplo, saldos a favor) y reducción gradual de impuestos que castigan la operatoria (los que encarecen transacciones y financiamiento). No hace falta magia: hace falta una dirección consistente.
El riesgo existe: si se hace sin orden, se puede agrandar el déficit o trasladar el problema a provincias/municipios. Por eso el punto no es prometer "baja para todos ya", sino diseñar un esquema que cuide recaudación y, al mismo tiempo, no empuje al cierre al que produce en blanco.
El NOA en el mapa: distancia, escala y fragilidad PyME
En el NOA, estos golpes se sienten antes y duran más. No por victimismo, sino por estructura. La industria regional suele ser más PyME, más dependiente del mercado interno y con mayores costos logísticos por distancia a grandes centros y puertos. A eso se suma un dato de la vida real: cuando el consumo cae, las provincias lejos de los grandes mercados pierden volumen más rápido, y cuando el crédito se encarece, la empresa chica no tiene espalda para aguantar.
Además, muchas cadenas productivas del NOA funcionan como relojería: un proveedor local, un transporte, un insumo que llega con atraso, un cliente que paga tarde. Si una pieza se frena, se frena todo. Por eso "no perder tejido productivo" en el NOA no es un eslogan federal: es una prioridad práctica para que la región no quede reducida a empleo precario y economía de supervivencia.
Bajar la inflación no es el final, es el piso
En este clima, la media sanción en el Senado del proyecto de Ley de Modernización/Reforma Laboral aparece como otro movimiento estructural en una discusión que la Argentina arrastra hace años: cómo generar empleo privado formal en un país que, en términos de trabajo registrado, lleva más de una década sin romper su techo de manera sostenida. El punto práctico es que ahora el texto pasa a Diputados y ahí se verá qué criterio prevalece: si se consolida, si se suaviza o si se reescribe. La letra final importa, y mucho.
Si el país logra estabilizar precios, pero deja que se derrumbe el empleo industrial formal, el resultado será una economía más "ordenada" en los papeles, pero más pobre en la calle.
El desafío, entonces, es doble: bajar la inflación y sostener producción. Porque si el orden llega a costa de vaciar fábricas, después no hay estabilidad que alcance: no se construye futuro con máquinas apagadas.
Por José María Cantos - Presidente de la UISDE - Miembro del Consejo Directivo de la UIA